
Por Frano Giakoni Ramírez, director de la carrera de Entrenador Deportivo UNAB.
Levantarse de una silla, caminar unos dos metros y medio, rodear un cono y volver a sentarse. Eso es todo. Ningún equipo caro, ningún laboratorio, ningún examen de sangre. Y, sin embargo, ese gesto mínimo acaba de mostrarse como uno de los grandes indicadores para saber cómo está la salud de una persona mayor. El 10 de agosto, JAMA Network Open publicó un estudio realizado por la Universidad Nacional Yang Ming Chiao Tung y la Universidad Nacional de Deportes de Taiwán que siguió a 13.423 adultos de 65 años o más durante una mediana de siete años. Quienes rindieron mejor en esa prueba tuvieron un riesgo de morir por cualquier causa 59 por ciento menor que quienes rindieron peor.
El detalle que hace valioso este trabajo no está en la cifra, sino en el método. Los investigadores no preguntaron a los participantes si hacían ejercicio. Los midieron. Aplicaron siete pruebas repartidas en cuatro dominios: capacidad cardiorrespiratoria, fuerza muscular, flexibilidad, y equilibrio y agilidad. Luego cruzaron esos resultados con los registros nacionales de salud. La diferencia entre preguntar y medir resultó decisiva, porque el rendimiento en las pruebas siguió asociado a la mortalidad incluso después de ajustar por edad, sexo, índice de masa corporal, enfermedades previas y la actividad física que los propios participantes declaraban realizar. Traducido: aunque alguien jurara que camina todos los días, lo que realmente anticipaba su riesgo era lo que su cuerpo podía hacer ese día, frente al evaluador.
Los otros resultados van en la misma dirección. Mantenerse más tiempo en equilibrio sobre una pierna se asoció con un riesgo de mortalidad cercano a la mitad. Levantarse y sentarse de una silla la mayor cantidad de veces posible en 30 segundos, que es la forma clásica de estimar fuerza de tren inferior, mostró alrededor de 45 por ciento menos riesgo en el grupo de mejor desempeño. Y cuando los investigadores combinaron todas las pruebas en un índice compuesto, la brecha entre los mejores y los peores se amplió todavía más. El mensaje es incómodo por lo simple: el cuerpo lleva su propia contabilidad y no acepta autoinformes.
Chile debería leer esto con atención especial, porque envejece rápido y se mueve poco. La Encuesta Nacional de Salud ha mostrado de manera sostenida niveles altísimos de inactividad física en la población adulta, y ese sedentarismo no se distribuye al azar: golpea más a las mujeres, a quienes tienen menor nivel educacional y a los sectores urbanos con menos acceso a espacios seguros para moverse. Sobre esa base llega la vejez. Y la vejez, cuando se instala en un cuerpo sin fuerza ni equilibrio, no se manifiesta como una estadística abstracta, sino como una caída en el baño, una fractura de cadera, una hospitalización y una pérdida de autonomía que muchas veces ya no se recupera.
Ahí está el aporte práctico de este estudio para la salud pública chilena. Nuestro sistema mide con bastante disciplina el peso, la presión arterial, la glicemia y el colesterol del adulto mayor. Mide mucho menos, y de manera mucho menos sistemática, lo que la persona es capaz de hacer. El propio equipo taiwanés sugiere incorporar evaluaciones objetivas de aptitud física a la práctica clínica habitual para mejorar la estratificación del riesgo y orientar intervenciones funcionales. No es una propuesta cara ni sofisticada. Las cuatro pruebas que más rindieron en el estudio se pueden aplicar en un consultorio con una silla, un cronómetro y una cinta métrica, en menos tiempo del que toma tomar una presión.
Hay que ser honesto con lo que el estudio dice y con lo que no dice. Se trata de un diseño observacional: muestra asociación, no causalidad, y no demuestra que mejorar el equilibrio o la fuerza de piernas provoque por sí solo una vida más larga. Parte del efecto refleja que quienes ya están más enfermos rinden peor. Pero hay un dato que resiste ese descuento y que conviene subrayar. El equilibrio, la fuerza de tren inferior y la capacidad cardiorrespiratoria son, todas, capacidades entrenables. No son la edad, que no se negocia. Son atributos que responden a estímulos bien dosificados y que empiezan a mejorar en semanas, incluso a los setenta y a los ochenta años.
Eso obliga a cambiar la pregunta que solemos hacernos. Durante años, la conversación sobre envejecimiento saludable se resolvió con la consigna de caminar más, como si acumular minutos fuera suficiente. Los minutos importan, pero son un insumo, no un resultado. Lo que este trabajo instala es que la funcionalidad merece ser tratada como un signo vital: algo que se mide, se registra, se sigue en el tiempo y se interviene cuando se deteriora. Un país que solo pregunta a sus adultos mayores si hacen ejercicio va a recibir la respuesta que quiere oír. Uno que los mide va a saber, con siete pruebas y quince minutos, quién necesita ayuda antes de que la primera caída lo decida por él.