Yusef Hadi Manríquez

Director de carrera de Publicidad

Universidad Andrés Bello

Hay películas que nos acompañan por mucho tiempo y se vuelven parte de nuestra biografía. Las de Patricio Guzmán tienen esa capacidad, nos acercan a Chile y nos invitan a detenernos en historias que también forman parte de nuestra vida. Por eso, su partida duele. Despedimos a un cineasta que dedicó su vida a mirar este país, incluso desde la distancia. A observar sus esperanzas, sus heridas y sus silencios, con la perseverancia de quien sabe que siempre queda algo por escuchar y comprender.

Durante décadas, Guzmán nos ayudó a reconocer las huellas de la historia en las personas. En sus películas hay espacio para quienes necesitan contar, para los recuerdos difíciles y para las preguntas que siguen sin respuesta. Su cine nos pide algo sencillo de decir y a veces difícil de hacer: prestar atención.

La batalla de Chile expresa con fuerza ese compromiso. Guzmán y su equipo registraron un momento decisivo de nuestra historia, con sus sueños, tensiones y conflictos. En esas imágenes aparecen personas que hablan, discuten y esperan, además de personas que todavía no saben lo que vendrá. Para quienes nacieron después, verlas permite acercarse a una época que muchas veces han conocido a través de los libros o las conversaciones familiares. La historia adquiere rostros y voces propias.

Su mirada política es clara y forma parte de su obra. Podemos conversar sobre ella, discutir sus decisiones e incluso discrepar acerca de sus interpretaciones. Esa conversación merece tiempo y honestidad. Acercarnos a sus películas también supone estar dispuestos a encontrarnos con testimonios que incomodan o ponen en duda nuestras certezas. Así aprendemos a mirar nuestra historia con mayor profundidad.

En Nostalgia de la luz, El botón de nácar y La cordillera de los sueños, esa búsqueda encuentra una sensibilidad especial. Después de ver esas películas, algo cambia en nuestra manera de observar el paisaje. Allí donde antes veíamos una extensión de tierra o una montaña familiar, comenzamos a reconocer historias humanas.

Los premios internacionales y el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales reconocieron el alcance de su trabajo. Pero hay una dimensión de su legado que cada espectador descubre por sí mismo y es ese momento en que un testimonio nos conmueve, una imagen nos hace detenernos o una pregunta sigue dando vueltas cuando la pantalla ya se ha apagado.

Para quienes estudian cine, comunicación o alguna disciplina creativa, su trayectoria ofrece una enseñanza valiosa. Crear requiere curiosidad, investigación y paciencia. También exige hacerse responsable de cómo mostramos a otros. Detrás de cada persona filmada hay una vida que merece respeto, detrás de cada imagen, una decisión sobre lo que ayudamos a ver. Nos recuerda cuánto importa tomarse ese trabajo en serio.

Por eso, el homenaje necesita traducirse en acciones. Cuidar sus películas, facilitar que puedan verse y llevarlas a escuelas, universidades y centros culturales de todo Chile es una manera concreta de mantener abierta la conversación. También lo es apoyar a quienes hoy registran nuestro presente. Las imágenes que permitirán comprender esta época se están filmando ahora, muchas veces con recursos escasos y una enorme voluntad.

Patricio Guzmán dedicó su vida a mirar Chile. Una hermosa manera de agradecerle es volver a sus películas y dedicarles algo de aquello que él nos entregó durante tantos años, tiempo, atención y la voluntad de comprender.