Edgardo Fuentes Cáceres – Director Ingeniería en Ciberseguridad UNAB
Casi todos en Chile hemos recibido uno. Un SMS que dice ser del banco, de Correos de Chile o del SII. Muchas veces lo miramos, sospechamos y lo borramos. Y, sin embargo, este tipo de fraude no para de crecer, la Policía de Investigaciones estima que los intentos de estafa por mensaje de texto -lo que técnicamente se llama smishing– aumentaron más de un 30% en el último año. La pregunta incómoda es evidente: si tantos ya sabemos que existen, ¿por qué siguen funcionando?
La respuesta fácil sería decir que caen los que no saben, los mayores o los distraídos. Pero esa explicación tranquiliza más de lo que ayuda, y las cifras de otros países la desmienten. En Estados Unidos, la Comisión Federal de Comercio (FTC) informó que en 2024 los consumidores perdieron 470 millones de dólares en estafas que comenzaron con un mensaje de texto, cinco veces más que en 2020. El engaño más denunciado fue exactamente el mismo que circula en Chile: el falso aviso de una encomienda con problemas de entrega, y pese a que las denuncias bajaron, el dinero perdido siguió subiendo. No es que caiga más gente, es que el engaño se volvió más certero, incluso entre usuarios que se consideran expertos.
Y ahí está la clave que se repite poco. Estos ataques no miden cuán inteligentes somos. Explotan el contexto, la oportunidad y el estado en que estamos cuando leemos.
Basta mirar el menú de mensajes que circulan en Chile: puntos del banco próximos a vencer, una encomienda de Correos detenida que exige pagar un pequeño «costo de despacho», una supuesta deuda del TAG, un documento del SII, un beneficio por cobrar. Todos piden prestado el nombre de una institución con la que sí tenemos relación. Y cuando el mensaje llega en plena temporada de compras, como un CyberDay, o justo después de que pedimos algo por internet, la coincidencia hace sola el trabajo.
El segundo ingrediente es el apuro. Los textos están redactados para que actuemos antes de pensar. «Su cuenta será bloqueada», «tiene 24 horas», «último aviso». Cuando leemos en el celular, caminando o entre una tarea y otra, no aplicamos el mismo cuidado que tendríamos sentados con calma frente a un computador. No es que no seamos capaces de detectar la trampa, es que no estamos detectando nada, estamos reaccionando.
Existe además una paradoja que conviene nombrar. Saber que las estafas existen puede, curiosamente, bajarnos la guardia. Pensar «a mí no me va a pasar, yo conozco estos trucos» es en sí mismo un riesgo, porque el que se siente inmune deja de verificar. La confianza excesiva es tan peligrosa como la ignorancia.
Y el terreno es fértil. Los teléfonos no filtran los SMS con la misma eficacia con que el correo separa la publicidad no deseada, y los delincuentes envían miles de mensajes por minuto con herramientas automáticas. Además, cada vez usan más la inteligencia artificial para personalizar los textos con datos filtrados, lo que los hace más creíbles.
Nada de esto se resuelve pidiéndole a la gente que «tenga más cuidado». Sí sirve, en cambio, tener pocas reglas claras. La primera, ninguna institución seria pide claves ni códigos a través de un enlace en un SMS, si el mensaje dice ser de su banco, verifique abriendo la aplicación oficial o llamando al número que está detrás de su tarjeta, nunca por el enlace que le llegó. La segunda, trate la urgencia como una señal de alarma en sí misma, mientras más lo apuran, más conviene detenerse. Y la tercera, quizás la más importante, si un mensaje calza con algo real que usted está esperando, ese es justamente el momento de desconfiar, porque es cuando resulta más peligroso.
Denunciar también ayuda a cortar la cadena. Correos de Chile y los bancos publican alertas cuando detectan estas campañas, el SERNAC recibe reportes en el 800 700 100 y la Brigada del Cibercrimen de la PDI investiga estos delitos.
Vale la pena cambiar la mirada de fondo. El problema no es que los chilenos seamos descuidados o crédulos. Es que el fraude dejó de atacar nuestros computadores y empezó a atacar nuestra atención, nuestras rutinas, nuestra esperanza y nuestro apuro. Entenderlo es la primera defensa de verdad. Reírse de quien cayó «cómo no te diste cuenta» no protege a nadie, solo le allana el camino a la próxima estafa.