A diez años de la muerte del dramaturgo nacional Juan Radrigán, su hija Flavia presenta la exposición “La pintura consumada” como una forma de acercarse a él no desde la repetición de su lenguaje, sino desde otro lugar. “Si su obra en el teatro dio voz, cuerpo y dignidad a tantas vidas, yo quise detenerme en lo que permanece cuando la palabra termina: en la imagen que queda, en la respiración de una escena, en su persistencia”, dice la artista.
Los cuadros que componen esta muestra surgen de fotografías de montajes de sus obras, pero no buscan ilustrarlas sino que se sitúan en un borde: entre la escena y su desvanecimiento. “Me interesa retener algo de su intensidad, no reconstruirla. Trabajar desde esa distancia en la que la memoria transforma lo visto”, afirma Flavia.
En lo pictórico, las imágenes se organizan a partir de fondos oscuros y figuras intensamente iluminadas. La pintura no es realista: los cuerpos se deforman, los gestos se desbordan y, en ocasiones, la mancha irrumpe como protagonista. El trabajo con espátula deja rastros visibles, insistiendo en el gesto como forma de aproximación a la escena. El color también se desplaza: cabellos que se vuelven verdes, zonas donde la mezcla ocurre directamente en el lienzo, decisiones que se apartan de la referencia para abrir espacio a la imaginación pictórica.
Los cuadros estarán acompañados de una selección de afiches de obras de Radrigán, que dejan en evidencia el paso del tiempo.
Flavia Minerva Radrigán Araya (1964) es una dramaturga, escritora y académica chilena. Estudió licenciatura en artes con mención en artes plásticas en la Universidad de Chile, y realizó un postítulo en dramaturgia en la Pontificia Universidad Católica. Entre sus textos teatrales se cuentan “Miradas lastimeras no quiero”, “Lo que importa no es el muerto”, “Un ser perfectamente ridículo”, “Peligro, peligro de mí”, “Lear, el rey y su doble”.