Han pasado 35 años desde la erupción del volcán Hudson (Región de Aysén), una de las más importantes registradas en Chile durante el siglo XX. El proceso eruptivo, que se extendió entre junio y diciembre de 1991, alcanzó un Índice de Explosividad Volcánica (VEI) 5, expulsó cerca de 2,7 km³ de tefra (material volcánico fragmentado) y dispersó cenizas sobre extensas zonas del sur de Chile y Argentina.

La fase más intensa ocurrió entre el 8 y el 15 de agosto de 1991. Durante esos días, el volcán generó columnas eruptivas que alcanzaron hasta 18 kilómetros de altura, mientras enormes cantidades de ceniza fueron transportadas por el viento hacia la Patagonia. La erupción también provocó el derretimiento parcial del glaciar que cubre el volcán, originando lahares —flujos de agua, barro y sedimentos volcánicos— que descendieron por los valles cercanos.

Treinta y cinco años después, el Hudson continúa siendo uno de los ejemplos más claros del enorme impacto que puede generar una gran erupción en un país con alrededor de 90 volcanes activos. Actualmente, ocupa el puesto 12 en el Ranking de Riesgo Específico de Volcanes Activos de Sernageomin, lo que lo mantiene entre los volcanes de mayor riesgo del país y bajo monitoreo permanente de la Red Nacional de Vigilancia Volcánica.

El volcanólogo, director del Instituto Milenio Ckelar Volcanes y profesor titular de la UNAB, Felipe Aguilera, recuerda que, en aquel entonces, Chile no contaba con un observatorio de vigilancia volcánica como el que existe hoy. «Sernageomin atendía las emergencias con apoyo de otras instituciones, como las Fuerzas Armadas, y el monitoreo instrumental era escaso. El observatorio se creó tras la erupción del Chaitén y, desde entonces, el sistema de vigilancia volcánica se ha robustecido progresivamente», explica.

Hoy, señala Aguilera, el país mantiene monitoreo permanente sobre los volcanes de mayor peligro. Sin embargo, advierte que aún existen desafíos importantes. «Uno de ellos es ampliar la cobertura instrumental, especialmente en volcanes potencialmente activos. Eventos como el del Chaitén podrían volver a ocurrir y es fundamental contar con las herramientas necesarias para detectarlos oportunamente», afirma.

“A ello se suma la necesidad de fortalecer las capacidades para identificar los precursores de una erupción, es decir, las señales de actividad que anteceden a un evento eruptivo y permiten anticipar una eventual emergencia”, detalla el experto.

Para Aguilera, la preparación frente al riesgo volcánico no depende únicamente del monitoreo científico. También requiere que la ciudadanía conozca los volcanes y comprenda las amenazas asociadas a ellos.

«En Chile, hemos desarrollado una importante cultura sísmica; la mayoría de las personas sabe cómo reaccionar frente a un terremoto o un tsunami. Con los volcanes todavía tenemos un desafío pendiente: que las personas sepan que vivimos en un país altamente volcánico y que conozcan sus amenazas, y cómo actuar frente a un evento de este tipo”, dice.

Con cerca de 90 volcanes activos y vigilancia instrumental permanente sobre aquellos de mayor riesgo, Chile ha fortalecido significativamente sus capacidades para monitorear estos sistemas. A juicio de Aguilera, el aniversario de la erupción del Hudson no solo permite recordar uno de los mayores eventos volcánicos de la historia reciente del país, sino también reforzar la importancia de seguir robusteciendo la vigilancia volcánica y avanzar hacia una ciudadanía con una mayor cultura volcánica, preparada para comprender y enfrentar este tipo de amenazas.