Por Frano Giakoni Ramírez, director de Entrenador Deportivo de la UNAB.

Vozinha todavía no juega un solo minuto oficial con la camiseta alba y ya provocó algo que ningún gol logra: obligar a una votación del Consejo de Presidentes. El motivo no es futbolístico. El artículo 36 de las bases del Campeonato prohíbe apodos en la espalda de la camiseta, y el arquero caboverdiano es, para el mundo entero, Vozinha. Detrás de ese trámite reglamentario hay algo mucho más interesante que una discusión de bordado textil: la fricción entre un fútbol chileno que sigue administrándose con reglas de otra época y un mercado global que ya convirtió a este jugador en una marca antes de que pise el Monumental. 

El propio presidente de Blanco y Negro, Aníbal Mosa, lo dijo sin rodeos al anunciar el hasta ahora frustrado fichaje: reconoció el aporte deportivo, pero también el apelo de marketing que significaba sumar a una de las figuras más comentadas del Mundial. No es un detalle menor. La gestión deportiva moderna ya no se mide solo en minutos jugados o valla invicta, sino en capacidad de generar audiencia, tráfico y conversación. Vozinha debería llegar a Colo Colo con casi 30 millones de seguidores en Instagram, una cifra que hace tres meses no llegaba a los 50 mil. Ese crecimiento no lo explica ninguna estadística futbolística, sino un algoritmo, un influencer brasileño que lo viralizó y una actuación mundialista que lo instaló en el imaginario colectivo como el arquero heroico de la selección más pequeña del torneo. 

El problema es que las instituciones deportivas chilenas siguen operando con una lógica reglamentaria pensada para otro tiempo, uno donde el nombre en la camiseta era apenas un dato administrativo y no un activo comercial. Que un club tenga que pedir una votación unánime de sus pares para poder explotar el nombre por el cual un jugador es mundialmente reconocido revela una tensión estructural. La gestión deportiva de elite exige hoy áreas de marketing, comunicación y derechos de imagen tan profesionalizadas como el cuerpo técnico, pero el marco regulatorio del fútbol local todavía no está diseñado para acompañar esa velocidad. No es un problema de Colo Colo. Es un problema de un sistema que reacciona a la fama viral con la misma burocracia que usaría para resolver un cambio de dorsal. 

Hay, además, una dimensión que rara vez se discute con la seriedad que merece: la del propio jugador como sujeto y no solo como objeto de esa estrategia. Vozinha fue explícito en una entrevista al cerrar el Mundial: dijo que esperaba encontrar un equipo que lo quisiera como futbolista, no como herramienta de marketing. Esa frase, dicha por alguien que en semanas pasó de la segunda división portuguesa a ser noticia global, no es una queja vacía. Es el testimonio de un fenómeno que la psicología del deporte viene documentando hace años, el de atletas que ven cómo su identidad competitiva queda subordinada a su valor de exposición mediática, y que deben aprender a sostener el rendimiento mientras cargan con una demanda de atención que no eligieron gestionar. 

Lo que está en juego en el caso Vozinha no es, entonces, si un arquero puede o no llevar un apodo en la espalda. Es cómo el fútbol chileno, con toda su estructura institucional, se enfrenta a una economía de la atención que ya no distingue entre rendimiento deportivo y capital simbólico. Los clubes que entiendan que gestionar a un futbolista hoy implica gestionar también su imagen, su exposición y su bienestar frente a esa exposición, tendrán una ventaja competitiva que ningún reglamento, por más que tarde en actualizarse, podrá igualar.