Por Frano Giakoni Ramírez, director de la carrera de Entrenador Deportivo UNAB.

El Mundial sigue su curso y Chile permanece en el sillón. No en el banco técnico, no en el estadio, no en la concentración. En el sillón de la casa, frente al televisor, apoyando a Brasil o Argentina según la fe de cada uno, con la misma pasión de siempre, pero sin selección que defender. Y lo más revelador no es la ausencia en sí, sino lo que ocurrió mientras tanto: en los primeros días del torneo, más de 6,6 millones de chilenos, casi el 40% de la población del país, ya habían visto algún partido por televisión abierta, con ratings que no se veían desde marzo. Chile no está en el Mundial, pero el Mundial sí está en Chile. Y esa paradoja dice más sobre el fútbol nacional que cualquier análisis de eliminatorias. 

Son tres ciclos mundialistas consecutivos que la selección chilena se pierde la máxima cita del fútbol. La generación dorada terminó y no hubo una renovación efectiva que la reemplazara. Eso, dicho así, suena a frase conocida, a diagnóstico repetido. El problema es que seguir repitiéndolo sin cambiar nada es exactamente la trampa en la que lleva años atrapado el fútbol chileno. Tres entrenadores, Berizzo, Gareca y Córdova, intentaron sin éxito enderezar un proceso que nunca logró sostener identidad, resultados ni renovación generacional.  Tres estilos distintos, tres fracasos con el mismo denominador: un sistema formativo que no produce con la frecuencia ni con la consistencia que exige el fútbol de alto nivel moderno. 

El rendimiento de Chile en las eliminatorias no fue solo deportivamente malo. Fue estructuralmente revelador. Bajo la conducción de Gareca, la selección acumuló un 23,5% de rendimiento, una de las peores campañas numéricas en la historia del proceso eliminatorio chileno. Ese número no refleja mala suerte ni un ciclo difícil. Refleja la ausencia de un modelo. En el fútbol contemporáneo, las selecciones que clasifican de manera sostenida al Mundial no lo hacen por talento esporádico ni por la aparición de un crack generacional. Lo hacen porque tienen un sistema de desarrollo que produce jugadores con determinadas características, en determinados volúmenes, de manera predecible. Uruguay lo tiene. Colombia lo construyó. Ecuador lo demostró. Chile, en cambio, sigue esperando que aparezca otro Alexis, otro Vidal, otro Bravo, sin hacerse la pregunta más incómoda: qué condiciones sistémicas produjeron a esos jugadores y si esas condiciones siguen existiendo hoy. 

La respuesta, cuando uno mira los datos del fútbol formativo chileno, es que no. El efecto de la edad relativa, los déficits en infraestructura de base, la escasa planificación a largo plazo de los clubes, la rotación permanente de entrenadores en divisiones inferiores y la ausencia de una metodología consolidada de desarrollo juvenil son problemas conocidos que no han sido abordados con la urgencia que merecen. Algunos movimientos recientes apuntan en la dirección correcta: el Campeonato Nacional 2026 incorporó la obligación de incluir en cada partido al menos un jugador nacido desde 2005, con la exigencia de que disputen el 70% de los minutos totales en la temporada.  Es una señal regulatoria interesante, aunque insuficiente si no va acompañada de un entorno formativo que prepare a esos jóvenes para rendir cuando llegue ese tiempo. 

Mientras tanto, el 62% de los chilenos declara tener mucho o bastante interés en seguir el Mundial, a pesar de que la selección no participa. Ese número es extraordinario. Y es también el síntoma más claro de todo. El hincha chileno no perdió el amor por el fútbol. No se fue a otro deporte, no abandonó la pasión. Sigue prendiendo el televisor, sigue debatiendo, sigue sintiendo cada gol ajeno como propio. Lo que el hincha perdió, o nunca tuvo del todo, fue la certeza de que el sistema detrás del fútbol chileno está construido para sostener esa pasión con resultados concretos. Ver el Mundial desde afuera no es solo una derrota deportiva. Es el recordatorio de que el entusiasmo popular nunca ha faltado en Chile. Lo que falta es la estructura que lo convierta en algo más que audiencia.