Oficialmente, se ha confirmado la presencia de El Niño en las costas de Chile y se proyecta una posible intensificación a lo largo del año, especialmente hacia fines de 2026. Pablo Sarricolea, académico de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo e investigador del CR2, explica los posibles escenarios para el país, el aumento de las precipitaciones en la zona centro y centro-sur, y por qué más lluvia no implica necesariamente más agua disponible.
Tras meses de especulación sobre la llegada del fenómeno de El Niño, a raíz de señales cada vez más claras en el océano Pacífico ecuatorial, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) confirmó finalmente la presencia de las condiciones ambientales de El Niño costero.
El fenómeno natural, caracterizado por el calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial y por cambios en la circulación atmosférica, genera diversos efectos, los cuales pueden percibirse en distintas regiones del mundo, modificando patrones de lluvia, temperatura y eventos extremos.
Sobre la advertencia y confirmación de la eventualidad, Pablo Sarricolea, académico del Departamento de Geografía de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo e investigador del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), explica que «la declaración se hace cuando se cumplen dos condiciones a la vez: las temperaturas del Pacífico ecuatorial superan el promedio en 0,5 °C y el componente atmosférico acompaña. Esto refleja un acoplamiento océano-atmósfera, que es lo que distingue El Niño real de un simple calentamiento superficial del mar”.
De acuerdo con el informe de NOAA, existe una probabilidad del 63% de que El Niño alcance una categoría muy fuerte entre noviembre y enero, lo que lo posicionaría entre los eventos más intensos del registro histórico desde 1950. Para Sarricolea, este dato debe ser observado con atención, pero sin caer en lecturas automáticas sobre sus efectos locales.
En Chile, este fenómeno suele asociarse a una mayor probabilidad de precipitaciones en la zona centro y centro-sur, por lo que su confirmación abre un escenario especialmente relevante para un país que arrastra más de una década de megasequía. “No es correcto asociar automáticamente El Niño con más lluvias en Chile, porque hay otras condiciones que las modulan. La relación es probabilística y no de causa-efecto. El mensaje correcto es que El Niño mueve la aguja hacia más lluvia, no que garantiza lluvia”, enfatiza el académico.
Sin embargo, el especialista hace especial énfasis en que más lluvia no implica necesariamente más agua disponible ni una recuperación estructural de las reservas hídricas.
Más lluvia no siempre significa más agua disponible
Uno de los principales puntos de atención para Chile al respecto del fenómeno es la disponibilidad hídrica actual. Tras años de déficit, un invierno con más precipitaciones puede parecer una señal alentadora. Sin embargo, Sarricolea advierte que el problema no es solo cuánto llueve, sino cómo, dónde y en qué forma cae esa precipitación. “El punto crítico para el agua es que más lluvia no equivale automáticamente a más reservas utilizables. El Niño tiende a elevar la isoterma cero, así que parte de lo que normalmente sería nieve podría caer como lluvia líquida en cordillera”, explica.
Este fenómeno puede reducir la acumulación de nieve, una reserva fundamental para la disponibilidad de agua en primavera y verano. Al mismo tiempo, la caída de lluvia en sectores cordilleranos puede aumentar los caudales de manera súbita, elevando el riesgo de turbidez en los ríos, de cortes de agua potable y de remociones en masa. “Puede mejorar la disponibilidad de agua en lo inmediato, pero no necesariamente ser tan aprovechable”, advierte el investigador.
El investigador también subraya que un evento de El Niño debe entenderse en un contexto más amplio: el cambio climático y la megasequía que afecta a Chile central. Aunque una temporada más lluviosa puede aliviar parcialmente el déficit, no revierte por sí sola los impactos acumulados durante más de una década. “La megasequía lleva más de una década de déficit estructural en Chile central. Un invierno húmedo de El Niño es una pausa, no una reversión de la sequía. La recuperación de acuíferos y aguas subterráneas va muy por detrás de lo que aporta una sola temporada”, sostiene.
Prepararse sin alarmismo: los riesgos de “mucha agua junta”
Sobre la posibilidad del aumento de precipitaciones en relación a la sequía, el especialista, hace énfasis en que: «El principal riesgo no es solo la falta de agua, sino la posibilidad de mucha agua junta: aluviones, anegamientos y marejadas», sobre los riesgos de los excesos de lluvia en el país .
En este escenario, las zonas que requieren mayor atención son la zona centro y centro-sur, desde Valparaíso hasta Biobío y La Araucanía, donde podría aumentar la probabilidad de sistemas frontales intensos; la precordillera y las ciudades ubicadas en desembocaduras de quebradas, por el riesgo de aluviones; el Norte Chico, ante posibles lluvias intensas asociadas a bajas segregadas; y el borde costero, por la exposición a marejadas y su interacción con mareas altas.
Para el académico, la preparación ante este suceso meteorológico debe centrarse en medidas concretas. En ciudades, esto implica revisar sistemas de drenaje, mantener techos y canales, y poner especial atención en asentamientos ubicados en quebradas o zonas anegables. En la agricultura, el foco estará en el manejo de enfermedades asociadas a lluvias de primavera y posibles alteraciones en las horas de frío necesarias para algunos frutales. En la gestión de embalses, en tanto, el desafío será almacenar agua sin perder de vista el riesgo de crecidas.
Sarricolea también llama a evitar tanto el alarmismo como la falsa tranquilidad frente a este nuevo escenario, especialmente ante expresiones que suelen circular cuando se proyectan eventos intensos de El Niño. “Olvídense del ‘Godzilla’ para este invierno. No es una categoría científica, y la intensidad en el Pacífico no se traduce mecánicamente en lo que cae de lluvia sobre tu comuna, pues hay otros forzantes”, sostiene.
Por ello, el llamado es a monitorear la evolución del fenómeno a través de organismos, considerando que El Niño aumenta la probabilidad de ciertos impactos, pero no determina por sí solo lo que ocurrirá durante los próximos meses. “Más probabilidad de lluvia, sí; solución a la sequía, no; motivo para prepararse, claramente”, concluye Sarricolea sobre la llegada de El Niño costero.