Por Nicolás Núñez, Psicólogo, Magíster en Neurociencia y Docente en UNAB.
Uno de los grandes desafíos que enfrenta la salud mental de nuestra población, es el que surge a partir de la suma de 2 variable que configuran un panorama de crisis: Por un lado el aumento significativo en los índices de ansiedad, depresión y estrés posterior a la pandemia del Covid-19, y que afecta principalmente a mujeres, jóvenes y personas de la tercera edad; y por otro lado, las brechas de acceso a servicios y tratamientos en salud mental, que supera el 77% en Latinoamérica, de acuerdo a datos entregados por la organización panamericana de la salud.
Los elevados costos de una atención psiquiátrica o psicológica, y las largas esperas para poder conseguir atención pública, dejan fuera del sistema de salud a muchas personas que padecen malestares para los cuales el sistema no tiene, actualmente, capacidad de respuesta.
Lo anterior se traduce en un volumen importante de personas de escasos recursos, que han agravado sus condiciones de salud mental, y que no acceden a un tratamiento oportuno, deteriorando progresivamente su condición y calidad de vida.
Es en este complejo escenario, en donde la inteligencia artificial ha ido instalándose como una herramienta gratuita de auto consulta y orientación psicológica, especialmente entre los más jóvenes, quienes demuestran una mayor disposición y familiaridad en su uso para resolver problemas cotidianos.
Cada vez son más quienes empiezan a convertir a la IA, en su primer sistema de consulta sobre su salud mental. Esto puede ser particularmente tentador para personas que buscan respuestas rápidas, y que perciben que consultar con un profesional de salud mental, tiene costos económicos y/o de tiempo, u otros, que prefieren no enfrentar.
Pero qué tan beneficioso podría resultar consultar con una inteligencia artificial, sobre temas tan importantes como la salud mental, y a qué riesgos se expone quien lo hace, sin verificar las respuestas con un profesional.
La evidencia sugiere que los programas computacionales especializados para una primera consulta en salud mental, pueden entregar orientación y guía efectivas, respecto de síntomas psicológicos o emocionales como la ansiedad, las crisis de pánico y el estrés emocional.
No obstante, también sugiere importantes limitaciones para estas tecnologías, en la capacidad, por ejemplo, de comprender el sarcasmo, las metáforas o el habla coloquial de la persona con quien interactúa. Esto puede generar una conversación desconectada de los afectos, en la que las sugerencias terapéuticas pueden resultar superficiales, o poco genuinas. Además, debido a que el chat muestra respuestas “empáticas” en función de un algoritmo, y no en función de experiencias emocionales compartidas con el paciente, puede transmitir una sensación de desconexión emocional que incremente sentimientos de soledad.
Por otro lado, una IA de chat para salud mental, puede presentar serias dificultades para identificar información no verbal, o para hacer preguntas adicionales, profundizando en ciertas áreas o dimensiones del funcionamiento de una persona, que no son evidentes en una conversación, lo que la vuelve imprecisa a la hora de hacer diagnósticos, debilita su capacidad de detectar riesgos y de establecer orientación o guías oportunas y acertadas.
Es claro que nuestra población tiene cada vez más necesidades de cuidado respecto de su salud mental, y que hay interés por recibir orientación e información sobre cómo cuidarla. También es bastante evidente que hay una serie de barreras para llegar a la consulta profesional (barreras económicas, de tiempo, de juicios morales, etc.), que dificultan este acceso para la población general.
Si bien la IA no puede replicar el vínculo terapéutico (uno de los principales predictores de éxito clínico), sí puede actuar como un complemento útil para orientación y acompañar tratamientos, complementar evaluaciones, y servir de apoyo en actividades de seguimiento y prevención de recaídas. Juntos, estos factores pueden contribuir a contener los efectos de una crisis de salud mental, para la cual el sistema actualmente no tiene respuesta.
Es por esto que se vuelve relevante considerar las mejores maneras de integrar de forma responsable y ética, estas tecnologías, y en educar a la población sobre los riesgos de diagnóstico erróneo y la importancia de no reemplazar la evaluación profesional y la conexión humana, esenciales para superar el aislamiento social y el malestar mental.