Las intensas lluvias en el norte del país -que generaron un aluvión en la comuna de Tocopilla- han reactivado el debate sobre la gestión del riesgo en una de las zonas más áridas del mundo.

Cristóbal Ramírez de Arellano, director de la carrera de Geología de la Universidad Andrés Bello (UNAB) y presidente de la Sociedad Geológica de Chile, explica los factores que hacen del desierto de Atacama un territorio particularmente expuesto a aluviones y afirma que “como país, debemos prepararnos para eventos más frecuentes y de mayor intensidad”.

Por qué llueve poco, pero el impacto es alto

Según Ramírez de Arellano, la relación entre lluvia intensa y aluviones no depende solo de la cantidad de precipitación, sino de cómo el territorio responde a ella. En el norte del país, “basta con unos pocos milímetros de lluvia para que el suelo se sature, se vuela inestable y aumente la probabilidad de un aluvión”, dice.

A juicio del experto de la UNAB, existen dos elementos geológicos que son determinantes en la formación de aluviones:

  • Tipo de suelo y presencia de arcillas: en años sin lluvia, las arcillas se acumulan por la descomposición de la roca. Al llover, estas arcillas forman barro, que tiene mayor densidad que el agua y una capacidad mucho más alta para arrastrar detritos: arena, grava y hasta bloques de roca “del tamaño de una casa”, sostiene.
  • Relieve y ubicación de las ciudades: el académico UNAB recuerda que las urbes del norte se asientan en estrechas planicies entre el mar y el farellón costero. Por efecto de la gravedad, esta configuración favorece que el agua, el barro y los detritos se movilicen rápidamente hacia los centros poblados.

El experto recuerda que las quebradas son, en sí mismas, evidencia de que los aluviones han ocurrido mucho antes de la llegada de los primeros asentamientos, desde hace cientos de miles de años. “Si se revisara la naturaleza del suelo de la ciudad, se constataría que son depósitos aluviales antiguos”, declara.

El Niño y mayor frecuencia de eventos

El fenómeno de El Niño -asociado a temperaturas más altas de lo normal en el Océano Pacífico en la región ecuatorial- juega un rol clave en estos episodios. En condiciones normales -indica Ramírez de Arellano-, los vientos alisios empujan las aguas cálidas hacia el oeste y favorecen la surgencia de aguas frías en la costa sudamericana, lo que contribuye a la aridez del Desierto de Atacama.

La ciclicidad de este fenómeno se relaciona con las lluvias del norte. “Sería falso decir que en el norte no llueve; sí llueve, pero con una periodicidad muy distinta a la del clima mediterráneo del centro de Chile”, afirma.

En ese contexto, cuando se activa El Niño se debilita la dinámica habitual de vientos y corrientes; aumenta la temperatura del océano y la evaporación, aportando más humedad desde el mar. Adicionalmente, se debilita el Anticiclón del Pacífico, lo que permite la entrada de centros de baja presión asociados a frentes de lluvia.

El geólogo subraya que las lluvias en el Norte “ocurren cada ciertas decenas de años”, pero que con el cambio climático el fenómeno se intensifica. Es un tema en estudio, indica: “nadie sabe con exactitud cómo evolucionará el clima, pero ciertamente debemos estar preparados aumentando en frecuencia e intensidad”. 

Infraestructura preventiva

Para el geólogo, medidas preventivas implementadas desde 2012 -como vías aluvionales, piscinas decantadoras y aumento de áreas verdes- han tenido un impacto directo en acotar los efectos de episodios como este.

Los parques y áreas verdes, más allá de su función estética, “tienen una capacidad de infiltrar las aguas lluvias y hacer que la ciudad sea más permeable”, dice el académico UNAB. Además, cuando se planifican estratégicamente en sectores de mayor riesgo, permiten evitar la construcción de vivienda en zonas críticas, similar a lo que se hace con jardines en costaneras de ríos en otras ciudades.

“Se han hecho obras, a las que probablemente debemos agradecer, pero aún hay mucho por hacer”, señala Ramírez de Arellano.

Minería, recursos y un llamado a prevención permanente

El experto enfatiza en la necesidad de un programa instalado que permita prevenir las catástrofes en vez de remediarlas, para no frenar la actividad industrial, pero por sobre todo, por el resguardo de las personas. “No se debiera depender de un estado de ‘excepción’ para que lleguen recursos a las comunas, sino que debiera existir un programa que permita canalizar parte de las ganancias que llegan por concepto de minería orientado a la prevención de desastres naturales y a la investigación de estos”, afirma.

Su propuesta es clara: destinar parte de los ingresos mineros (Royalty) a un programa permanente orientado a:

  • Prevención de desastres naturales.
  • Investigación geológica y de riesgos.
  • Fortalecimiento de infraestructura de mitigación y sistemas de alerta.

“La presencia de los grandes yacimientos de cobre, litio y otros elementos de importancia económica y estratégica, hacen que esta sea la región con mayor ingreso per cápita del país. El conocimiento de nuestro territorio, la industrialización, la seguridad y el bienestar de las personas deben crecer en la misma medida”, concluye Ramírez de Arellano.